No soy muy partidario del concepto de “mascota”. No me malinterpreten, amo a los animales, sólo que considero que de la manera en que nos comportamos como humanos “civilizados” manipulamos a los animales para que se conviertan en “adornos”. Ellos no pueden ser libres si regulamos cuándo, cómo y dónde defecan, cuándo y qué comen, dónde duermen, hasta qué edad pueden fornicar (si es que permitimos que lo hagan en algún momento en vez de castrarlos desde pequeños). De éste modo se convierten en nuestros adornos, en un poco más que un jarrón. Yo preferiría un jarrón, ya que fué concebido para éso. Obviamente que no podríamos ser de otra manera con nosotros mismos, nos imponemos horarios y platos “favoritos” para comer, buscamos a diario nuestro alimento en el mismo lugar (a una manzana de nuestras casas), viajamos todos los días en el mismo vehículo, dirigiéndonos al mismo lugar. Todo lo que hacemos, lo fijamos, queremos que esté establecido fijamente. Imaginémonos que todo cambiara día a día, un día vemos al perro o al gato, luego no lo veríamos durante unos cuantos días, sin saber si regresará, tendríamos que salir a conseguir comida a lugares distintos cada vez, buscar las maneras de transportarnos por nuestra propia cuenta y miles de variables más que arrojarían nuestra sensación de “seguridad” y provocarían una sensación de realidad constantemente cambiante que nos haría ser concientes de que la muerte puede sorprendernos en cualquier momento.
No estamos preparados para morir, le tenemos terror al proceso de muerte y nos aferramos a las cosas de modo que creamos la ilusión de estaticidad, la ilusión de que nada morirá. La ilusión de que nosotros no moriremos. Nada más alejado de la realidad terrestre. Todo cuanto existe materialmente, es perecedero, y lo sabemos. Simplemente elegimos olvidarlo día a día. Así vivimos trágicamente la muerte de algún ser querido y muchas veces “no lo podemos creer”.
De modo que elejimos relacionarnos con la vida tomando fotos estáticas, inertes, atemporales de lo que nos rodea para luego sorprendernos cuando miramos el calendario. ¡Sí, no podemos creer que ya es Agosto!
Claro, el tiempo no ha dejado de pasar en ningún momento mientras mirabas tu propia foto.